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La semilla es el inicio: en ella están contenidas todas las instrucciones genéticas que le indicarán a la planta cómo comportarse. Si queremos obtener plantas fuertes, vigorosas, productivas y potentes, debemos encontrar semillas que tengan esas capacidades y, además, que puedan desarrollarse en el clima en que las vamos a sembrar. Veamos un ejemplo de ello, escogemos dos buenas variedades pero adaptadas a condiciones muy distintas, como son una índica afgana y una sativa tailandesa, y las sembramos una al lado de la otra. La afgana empezará a florecer mucho antes, seguramente a principios de agosto, cuando las noches duran unas diez horas (en España). En cambio, la tailandesa, como viene de una región tropical, necesitará al menos doce horas de oscuridad para empezar a florecer y no brotará las primeras flores hasta mediados o finales de septiembre. En consecuencia, la afgana estará lista para la cosecha en octubre y la tailandesa aún estará floreciendo en diciembre. El problema es que el frío y el mal tiempo que suele hacer en España en diciembre probablemente impedirán que la planta acabe de florecer y madurar correctamente. Este ejemplo es un poco extremo, pues la mayoría de las variedades de cannabis comercializadas son híbridos entre índicas y sativas que tienen un periodo de floración menos extremo y suelen acabar la maduración entre finales de septiembre y mediados de noviembre, pero, aun así, hay zonas donde en noviembre ya hace frío y llueve mucho. Si queremos tener éxito, buscaremos genéticas adecuadas a nuestra región.
A punto de empezar a florecer, esta planta muestra un buen estado de salud y un bonito y sano color verde.
"El trasplante progresivo a macetas cada vez más grandes obliga a la planta a colonizar nuevo sustrato, manteniendo las raíces activas y vigorosas"
En cultivos de exterior, el suelo es el rey. Si podemos sembrar directamente en la tierra, lo haremos. La marihuana es una planta muy fuerte, casi una mala hierba, que aprovechará la capacidad de extender sus raíces en todas direcciones en busca de agua y alimento. Un gran sistema radicular es la mejor garantía de una gran cosecha. Si, además, hemos acondicionado el suelo añadiendo abonos orgánicos como humus, estiércol o guano, habremos aumentado la cantidad de materia orgánica del sustrato. Esto favorecerá la retención de agua y la oxigenación de las raíces, y estimulará el desarrollo y la proliferación de microorganismos beneficiosos que no solo liberarán grandes cantidades de nutrientes para que las plantas los absorban, también producirán sustancias estimuladoras del crecimiento y del sistema inmunológico de la planta que servirán para combatir las plagas y defenderse mejor de las situaciones estresantes, como el exceso o la falta de agua, el viento o la lluvia. Cubriremos el suelo con paja, mantillo, turba o cualquier materia vegetal que sombree el terreno; eso ayudará a mantener la temperatura del suelo controlada, reducirá la evaporación del agua por la acción del sol y no tendremos que regar con tanta frecuencia. La tierra sombreada favorece a los microorganismos beneficiosos. Un suelo bien acondicionado, fértil y lleno de microorganismos no actúa solo como un soporte de las plantas, es todo un ecosistema, una red de seres vivos que se relacionan, protegen y alimentan entre sí. Las micorrizas, por ejemplo, hacen simbiosis con las raíces e intercambian nutrientes con ellas, mejorando la absorción de fósforo, que tan importante es para la floración.
Germinaremos las semillas en macetas pequeñas, donde crecerán durante dos o tres semanas.
Las plantas que crecen en macetas o contenedores necesitan un sistema radicular fuerte y denso que les permita absorber toda el agua y los nutrientes necesarios en un volumen de tierra limitado. El trasplante progresivo a macetas cada vez más grandes obliga a la planta a colonizar nuevo sustrato cada poco tiempo, manteniendo las raíces activas y vigorosas. No es necesario usar muchas macetas diferentes, basta con una pequeña para la germinación (de entre 0,5 y 1 l), en la que estarán unas dos semanas; una mediana de unos 5 l para otras dos o tres semanas, y un trasplante final al lugar definitivo, sea el suelo o una maceta grande (de 20 a 50 l), en donde vivirán hasta la cosecha. Es importante que el sustrato sea siempre el mismo, para que las raíces no se encuentren con un cambio sustancial en el tipo de tierra.
Prepararemos el terreno haciendo agujeros grandes y rellenándolos con una mezcla de tierra y abonos orgánicos.
La estructura de crecimiento de las plantas es el resultado de la selección natural actuando durante milenios. En general, la forma natural de crecimiento de las plantas es la más adecuada para el crecimiento en exterior y no requieren mucha poda ni intervención. Pero hay algunas medidas que sí pueden ayudar a obtener una cosecha más sana y de mejor calidad. Por ejemplo, podemos podar las ramas más bajas, aquellas que tocan el suelo y reciben poca luz, pues están sombreadas por las ramas superiores. Además, si queremos evitar que la planta crezca mucho en altura para que no sea tan visible por los vecinos o los paseantes, podemos despuntar el tallo principal y así lograremos un crecimiento más ancho y arbustivo. También es recomendable colocar tutores para reforzar las ramas, sobre todo si se hacen muy largas, de esta manera ayudarán a que resistan el viento y las tormentas sin romperse.
El cultivador riega esta plantación cómodamente gracias a un sistema de riego por goteo.
"Si queremos tener éxito, buscaremos genéticas adecuadas a nuestra región"
El estrés de cualquier tipo afecta al desarrollo de las plantas. En cultivos de exterior, el control que podemos ejercer es limitado, comparado con los cultivos de interior, pero sigue siendo esencial. La falta o el exceso de agua y nutrientes tienen efectos muy perjudiciales. Con poca agua, las plantas se deshidratan, pierden hojas y se marchitan, con demasiado riego, las raíces se pudren y no pueden hacer su trabajo. La falta de nutrientes es más habitual en cultivos en maceta si no se abonan periódicamente o si nos olvidamos de ajustar el pH del agua o usamos un agua muy calcárea, ya que las sales se van acumulando en el sustrato y crean unas condiciones poco favorables. Una vez al mes, aplicaremos un riego muy abundante (con agua sola con el pH ajustado) a las macetas. Al escurrir por los agujeros de drenaje, el excedente de agua arrastrará buena parte de las sales acumuladas en el sustrato. Al día siguiente abonaremos con normalidad y veremos como las plantas absorben los nutrientes más fácilmente. No debemos olvidarnos de usar un abono de crecimiento en los primeros meses de vida de la planta y cambiar a un abono de floración en cuanto la planta brote las primeras flores, algo que sucederá entre finales de julio y principios de septiembre, dependiendo de la variedad.
Es un error trasplantar las plántulas demasiado pronto a macetas demasiado grandes, pues la tierra tarda mucho en secarse y aparecen más carencias.
Esta planta ya necesita un trasplante, la maceta se le ha quedado pequeña.
Las plantas en el suelo crecen con un vigor increíble, seguramente habrá que podar las ramas más bajas para redirigir toda la energía a los cogollos principales.
Cambiaremos al abono de floración en cuanto empecemos a ver las primeras flores.
Que las plantas estén sanas es el truco más importante para tener una buena cosecha.
El suelo es el rey, sembraremos directamente en la tierra cuando sea posible.