Congestión nasal, pulmones cerrados y una planta sínica
El primer protagonista de esta corta historia es un arbusto oriundo del Extremo Oriente. Su nombre científico es Ephedrina sinica. Entre sus denominaciones comunes encontramos efedra de China o ma huang. Crece generando ramas de un color verde claro, y produce unas preciosas bayas rojizas. Sus carnes albergan diversos alcaloides, dos de los cuales ocupan un lugar relevante en nuestra farmacopea: la efedrina y la pseudoefedrina.
Las ramas verdes del arbusto suelen ser hervidas con agua para obtener un extracto, empleado por la medicina tradicional china para aplacar fiebres, dolores de cabeza y problemas respiratorios como el asma. Esto no es nada sorprendente, pues los dos alcaloides más relevantes de esta planta, la efedrina y la pseudoefedrina, son broncodilatadores. A su vez, ambas moléculas ejercen sus efectos mediante la liberación del neurotransmisor conocido como noradrenalina, que activa el sistema simpático y nos prepara para luchar o huir en situaciones de estrés. Entre las repercusiones de la activación del sistema simpático encontramos la broncodilatación.
Tanto la efedrina como la pseudoefedrina fueron aisladas de diferentes arbustos del género Ephedra a finales del siglo xix. Sin embargo, hoy en día estas dos moléculas se pueden producir fácilmente sin necesidad de extraerlas de un arbusto. El caso de la pseudoefedrina es especialmente interesante, pues su producción es llevada a cabo por un ser vivo, pero no por una planta, sino por una levadura. En grandes cubas se junta la levadura adecuada, dextrosa (un azúcar), agua y una enzima. Finalmente, se añade benzaldehído, un producto químico necesario. Se obtiene, de esta manera, un intermedio que fácilmente se puede convertir en pseudoefedrina.
En la actualidad, el uso de la efedrina está indicado para prevenir y tratar el broncoespasmo asociado a diferentes patologías pulmonares. La pseudoefedrina suele combinarse con otros fármacos para tratar los resfriados y la congestión nasal.
En estos seis breves párrafos he narrado el uso tradicional y moderno de la efedrina y pseudoefedrina, así como su producción, farmacología y una pincelada de historia. Existen muchas otras sustancias naturales procedentes de plantas y arbustos que generan compuestos capaces de aplacar el sueño.
En un artículo previo hablé de la cafeína y sus derivados, presentes en el té, el café, el chocolate y muchas otras bebidas y alimentos. Después de la cafeína y el alcohol, la tercera sustancia psicoactiva más consumida en el globo es la nicotina, otro estimulante presente en la planta de tabaco.
¿Y cuál es la cuarta sustancia psicoactiva más consumida en el planeta? Pues los números apuntan a que es la arecolina, un alcaloide presente en la nuez de areca. Este fruto se consume popularmente en India y el Sudeste Asiático, y normalmente es mascado junto con hojas de betel, tabaco o clavo. Al igual que la cafeína o la nicotina, la arecolina presenta un efecto estimulante sobre la mente.
Si observamos la estructura de la efedrina y la pseudoefedrina, veremos que muestran una similitud muy alta con la de la anfetamina y la metanfetamina. De hecho, el químico japonés Nagai Nagayoshi, quien descubrió en el año 1885 la efedrina, pocos años más tarde sintetizaría por primera vez metanfetamina, modificando mediante una reacción química la molécula de efedrina.
Tanto la anfetamina como la metanfetamina son moléculas totalmente sintéticas, que no suceden en la naturaleza, pero los arbustos del género Ephedra han sido capaces de producir compuestos muy similares. Por otro lado, el arbusto Catha edulis (conocido comúnmente como kat) también genera moléculas muy cercanas: la catinona y la catina. Parece ser que en este caso la naturaleza se ha quedado a las puertas de algunos de los estimulantes más potentes. ¿Será por algún motivo?
TDAH, concentración y lisdexanfetamina
Nuestra segunda protagonista en este relato es una persona anónima, ficticia, pero en la que mucha gente se podría ver reflejada. Es una estudiante superlativa, siempre y cuando sea sobre algo que le interese y haya música de fondo para ayudarla a concentrarse.
Ama escuchar música y mover los dedos incesantemente al son del compás. Cuando espera el tren o el bus es incapaz de mantenerse quieta, por lo que suele dar pequeñas vueltas por el andén o la calle. Tiene la mala manía de despistarse cuando le hablan más de un minuto o dos, ya sea un amigo o un profesor.
Nada de esto ha sido un problema. Es su forma de ser. Pero, al comenzar su primer trabajo, se da cuenta de que estas peculiaridades están jugando en su contra. Entrega muchos proyectos a altas horas de la noche, poco antes de la fecha límite, o a veces incluso pasada esta; tiene que pedir a sus superiores que le repitan lo que le han dicho, muy a su pesar; sus compañeras y compañeros de trabajo se quejan de que tiende a interrumpir a todo el mundo. ¿No es ella una estudiante superlativa?
Después de acudir al médico y pasar por varios especialistas, el veredicto es claro: TDAH, que ha sido capaz de enmascarar a lo largo de su vida. Ahora lo ve nítidamente. ¿Cómo es posible que nadie se hubiese dado cuenta antes?
Rápidamente recibe una receta de lisdexanfetamina, un derivado de anfetamina de liberación prolongada. El primer día que toma este fármaco casi llora de la emoción.
Las imágenes y palabras que normalmente corretean por su mente, confusamente, se desvanecen, dejando un placentero y reconfortante vacío en su lugar. Es capaz de concentrarse en sus tareas. Una sutil euforia la anima a terminar sus quehaceres. Sus dedos se mueven ágilmente por el teclado, y los informes que tiene que entregar se escriben casi solos.
Con el paso del tiempo, se da cuenta de que no todo es perfecto con esta medicación. Le deja la boca seca, y muchos días se acuesta con una fatiga superior a lo normal. Sigue comiendo bien, pero su apetito ha disminuido sustancialmente, lo cual le ha hecho perder algún kilo, cosa que no desea. Tendrá que subir la dosis paulatinamente hasta llegar a un punto de estabilidad. En parte, es el precio a pagar para poder adaptarse a una sociedad que no se adapta ni a ella ni al resto de personas neurodivergentes.
Y es que el cerebro de las personas con TDAH funciona de manera diferente al de una persona neurotípica. Es por esto por lo que este trastorno se engloba entre las neurodivergencias, al igual que la dislexia o los trastornos del espectro autista (TEA).
Los cuatro halógenos no radioactivos, en estado puro. De izquierda a derecha: flúor, cloro, bromo y yodo.
Entre los fármacos psicoestimulantes comúnmente empleados para ayudar con los síntomas del TDAH encontramos el metilfenidato y la lisdexanfetamina. En algunos países también se encuentran aprobadas la anfetamina y la metanfetamina. Sin embargo, todas estas moléculas cumplen funciones muy similares: incrementar los niveles de dopamina y noradrenalina en el cerebro.
Desde un punto de vista químico y farmacológico, la lisdexanfetamina es una molécula de lo más interesante. La anfetamina, al sintetizarse, se obtiene como una pareja de dos enantiómeros. Los enantiómeros presentan el mismo número de átomos y la misma conectividad entre ellos, pero no son superponibles: son imágenes especulares (como si estuviesen reflejadas en el espejo). Una manera fácil de entenderlo es observando nuestras manos. Cada mano tiene los mismos dedos (pulgar, índice, corazón, anular y meñique), cada uno conectado de la misma manera a la palma. Pero las manos no son superponibles, una es la imagen especular de la otra.
En el caso de la anfetamina, existen dos enantiómeros: la dextroanfetamina y la levoanfetamina. En la mayoría de las situaciones en las que existen un par de enantiómeros, uno de los dos suele ser más activo a nivel fisiológico que el otro. Existen casos extremos, como el de la talidomida: un enantiómero que es sedante y alivia las náuseas matutinas; el otro, en cambio, es teratogénico (produce malformaciones en el feto).
La lisdexanfetamina es, entonces, un derivado de la dextroanfetamina, el enantiómero más activo de la anfetamina. Sin embargo, presenta una pequeña modificación que hace que, una vez ingerido el fármaco, su liberación sea lenta y controlada. Es por esto por lo que la duración de este medicamento es el doble que la de la anfetamina.
Existen otros fármacos, no psicoestimulantes, que también se pueden emplear para el TDAH, como la atomoxetina o la guanfacina. Y existe un número de personas que recurren a derivados de anfetamina para tratar su TDAH. Derivados no del todo legales, muchos de ellos con átomos de flúor en su estructura.
Por suerte, nuestra segunda protagonista se siente acompañada, con un tratamiento adecuado, y realizando psicoterapia para acabar de pulir todas las cosas que no acaban de cuadrar en su vida.
Flúor, flúor y más flúor
Nuestro tercer y último protagonista es un elemento químico: el flúor. Este elemento forma parte de la familia de los halógenos, junto con el cloro, el bromo, el yodo, el radioactivo y efímero ástato, y el recién descubierto teneso. En estado puro es un gas, casi incoloro, con un ligerísimo color amarillo. La bestia de la tabla periódica, es capaz de incendiar madera o incluso agua, y reaccionar con vidrio, amianto o acero. No fue aislado en estado puro hasta el año 1886 por el químico francés Henri Moissan. Muchos otros mártires lo intentaron previamente, y muchos perdieron la vida en el intento. Moissan recibió un muy merecido Premio Nobel de Química por este hito.
Pero no todo es terrorífico en lo que respecta al flúor. Sus compuestos tienen papeles altamente importantes en nuestra sociedad. Los dentífricos y colutorios contienen pequeñas cantidades de sales de flúor, como el fluoruro de sodio, que protegen nuestra salud bucal. Asimismo, varios fármacos, como la fluoxetina (un antidepresivo) o la mefloquina (un antipalúdico) contienen átomos de flúor. Finalmente, encontramos anestésicos generales inhalatorios, como el sevoflurano o el isoflurano, con flúor en su estructura química.
En el mundo de la química farmacéutica, el átomo de flúor es una piedra angular, debido a las particularidades de este átomo. Y los químicos clandestinos no han ignorado este hecho. Existen decenas de cannabinoides sintéticos, estimulantes, benzodiacepinas y disociativos que han sido modificados para contener un átomo de flúor, generándose así nuevos análogos que se escapan a la ley.
Entre estos, volviendo al mundo de los estimulantes, encontramos la 3-fluorofenmetracina, la 2-fluorometanfetamina o la 4-fluoroanfetamina. La 2-fluorometanfetamina llama la atención por su inusual larga duración y su estimulación altamente funcional, que recuerda a la de la lisdexanfetamina. Es por esto por lo que personas con menos suerte que nuestra segunda protagonista tratan su TDAH no diagnosticado con este compuesto. Además, la 2-fluorometanfetamina se encuentra a veces combinada con otras dos sustancias, la 5-MeO-MiPT (una triptamina psicodélica) y la 5-MAPB (un entactógeno que no provoca estimulación), para formar el conocido borax combo, con efectos similares a los de la MDMA.
Ya sea con un átomo de flúor en sus estructuras o sin él, los estimulantes tienen una relevancia sin parangón en nuestra sociedad. Su uso puede ser terapéutico o recreativo, moderno o vetusto, para ser una persona más productiva o para bailar hasta el amanecer. ¿Qué sería de nuestra sociedad sin ellos?