Hola. Hoy les traigo una historia de ratitas, pero no presumidas, sino de laboratorio. Las sufridas ratitas Wistar. Sí, hablamos de esa misma ratita blanca, de ojillos rojos y morrillo olisqueante que se están imaginando ahora mismo. A esa pobre raza de roedores le hemos hecho las mil y una perrerías desde 1906, cuando fueron creadas en un laboratorio del Wistar Institute de Filadelfia a partir de una cepa no consanguínea de Rattus norvegicus albina. Lo de este bicho es predestinación genética y lo demás, tonterías. Calvinismo extremo.
A estos mardito roedoreh les han echao mogollón de droga en el colacao, pobrecicos. No se rían que no es broma: han sido cientos los laboratorios y centros de investigación de toda índole que, desde hace décadas, han pretendido demostrar no se sabe qué cosa de la tenebrosa adicción a las drogas probando primero sus locuras con ratitas y sustancias prohibidas administradas ad libitum. Un estudio clásico, y bastante repetido, ponía a las pizpiretas ratitas, de una en una, aisladas y encerradas en un minicubículo que contaba con un expendedor de droga (morfina, generalmente, aunque también cocaína) para añadir al agua. En semejantes circunstancias y teniendo como única alternativa de “ocio” darle chispa a su fuente de agua, las ratitas Wistar optaban mayoritariamente por un consumo inmoderado y compulsivo de droga. A continuación, los científicos daban por cumplida su autoprofecía y sentenciaban que el poder de la droga era tal que aquellos bichos, pobrecicos, sentían un impulso ingobernable por ponerse ciegos. Qué lástima.
Pero en 1979, Bruce K. Alexander, psicólogo e investigador canadiense, decidió darle la vuelta al malhadado y cruel experimento. Alexander y sus colaboradores idearon un parque recreativo para estos entrañables y sufridos roedores. Un lugar amplio, cómodo y, como se dice ahora, lleno de amenities. Las ratitas podían alternar entre ellas, disfrutar de variados entretenimientos y juegos, echarse largas y confortables siestas y, además, podían follar. También tenían a su disposición los famosos expendedores para darle ese plus de droga al agua (¡¿cueces o enriqueces?!). Lo que sucedió, después de varias semanas, fue que aquellas descerebradas ratitas Wistar que se volvían adictas compulsivas eran un porcentaje casi despreciable del total de ratitas que vivían en el Rat Park (así llamaron a su invento Alexander y sus colaboradores). Curiosamente, aquellas ratitas Wistar preferían jugar, descansar, corretear, echarse confortables siestas y, sobre todo, follar, antes que ponerse ciegas absurdamente hasta fallecer cuando tenían la droga a mano, como sostenían los inquisidores de bata blanca. El experimento de Bruce Alexander volvió a poner sobre la mesa la intrínseca complejidad del asunto de la adicción, y la locura insensata y criminal de simplificarlo y reducirlo todo a ese concepto, por desgracia todavía vigente, que reza que “la droga es diabólica y muy adictiva, si la pruebas acabarás muriendo tras horribles sufrimientos”. No. Cuando tuvieron otra alternativa, las ratitas Wistar pasaron olímpicamente de la droga o, simplemente, se pusieron ciegas esporádicamente. Como haría usted.
El Rat Park cayó en el olvido hasta hace diez años, cuando salió un nuevo libro denunciando la absurda sinrazón de la prohibición de las drogas. No es un libro especialmente novedoso, agudo ni memorable, pero está bien, tuvo bastante éxito y, sobre todo, volvió a poner a las ratitas Wistar en el candelero. El libro se titulaba Tras el grito. Su autor, Johann Hari, es un periodista inglés muy querido por las celebrities y con una marcada tendencia al sensacionalismo gay y guay que cautivó a influencers de todo pelaje, que se solidarizaron con las pobres ratitas Wistar.
En fin, más allá de que el experimento de Bruce Alexander haya sido posteriormente cuestionado y alguna de sus tesis, puestas en tela de juicio; más allá incluso de dar por bueno el disparate de que un experimento con ratas y sustancias psicoactivas sea trasladable al devenir humano, gracias al bestseller de Hari ha calado el bonito ejemplo de las ratitas Wistar y se han popularizado las enseñanzas antiprohibicionistas del Rat Park en diversos memes animados en las redes sociales. Lo cual, por otro lado, nos demuestra que en este hiperconectado siglo xxi, asolado por una pandemia de simplismo e ignorancia envuelta en terabytes de información dudosa, ocurrencias de analfabeto funcional y vómitos insensatos, es mucho más efectivo un meme simple como el mecanismo de un botijo, que décadas de estudio, investigación, discusión y razonamiento. Y eso, señoras y señores, sí que es auténtica droga dura. Adiós.