La investigación, realizada por científicos de PAX Laboratories, comparó las emisiones de porros de cannabis con las generadas por dispositivos de vaporización de la misma empresa. Para ello, analizó aerosoles y humo en busca de dieciséis compuestos considerados nocivos o potencialmente nocivos, entre ellos benceno, formaldehído, acetaldehído, tolueno y xileno. La conclusión principal del informe es que la vaporización de los cogollos redujo la presencia de esos compuestos hasta en un 99% frente al humo de cannabis combustionado.
Buena parte de esa diferencia se entiende a partir de la temperatura de vaporización. En un porro, la zona de combustión puede superar los 900 °C y activar procesos de pirólisis y oxidación sobre cannabinoides, terpenos, lípidos, proteínas y carbohidratos de la planta. La vaporización, en cambio, intenta calentar la flor por debajo del punto de combustión y así poder liberar cannabinoides y terpenos sin producir residuos carbonizados, gases y partículas que caracterizan al humo.
El contraste aparece con claridad en algunos marcadores clásicos de combustión. En formaldehído, el humo de un porro arrojó 42,8 microgramos por sesión, frente a 0,145 microgramos en el dispositivo de flor PAX Flow. En acetaldehído, el informe registra 227 microgramos por sesión en el porro y 4,97 microgramos en PAX Flow. La comparación en benceno fue de 103 microgramos frente a 1,10 microgramos, mientras que en varios analitos el aerosol vaporizado apareció por debajo del límite de detección.
Reducción de los subproductos nocivos de la combustión en el aerosol de cannabis generado por vaporización controlada en comparación con la combustión de un porro convencional.
Aunque los resultados encajan con estudios anteriores sobre vaporización de cannabis, que ya habían señalado una menor exposición a gases de combustión y una administración eficaz de cannabinoides por vía inhalada, el informe exige una lectura prudente ya que fue realizado por PAX, una empresa con interés comercial directo en vaporizadores y utilizó dispositivos propios, una única variedad de cannabis y un panel limitado de compuestos. Es más, en el propio documento se reconoce que futuros trabajos deberían estudiar más variedades, distintas temperaturas, más sustancias y métricas de exposición a largo plazo.
Conviene, por tanto, no asumir que vaporizar es una práctica libre de riesgos, ni sustituye la necesidad de controles de calidad, educación sanitaria y regulación basada en evidencia. Lo que sí aporta este tipo de datos es una comparación relevante para quienes ya consumen cannabis y pueden evidenciar que quemar materia vegetal genera una carga química distinta y, en muchos casos, más agresiva que calentarla sin combustión.