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Una ciudad chilena en el mapa global de la cocaína

Copiapó, ubicada al norte de Chile, apareció entre las ciudades con registros más altos detectados en aguas residuales. El dato, más allá de lo novedoso, obliga a mirar de cerca qué puede estar pasando en esa ciudad y por qué ese rastro merece algo más que una lectura de ranking.

La noticia se difundió rápido en la prensa local cuando varios medios revisaron el informe de la EUDA y el estudio sobre cocaína en aguas residuales y situaron a Copiapó entre las ciudades con los registros más altos del mundo, alcanzando el tercer puesto. La EUDA, en cambio, no lo presentó como un ranking mundial porque los datos corresponden a una medición puntual y no alcanzan para armar una lista definitiva sobre el consumo en todo el mundo.

Más allá del lugar exacto en la tabla, lo verdaderamente revelador está en la metodología ya que la epidemiología basada en aguas residuales no depende de percepciones ni de encuestas, tampoco de la disposición de los usuarios a contar qué consumen; rastrea, en cambio, los metabolitos queterminan en el alcantarillado. En el caso de la cocaína, la referencia es la benzoilecgonina, un marcador que desde hace años permite seguir tendencias con una precisión difícil de alcanzar por otras vías y que, justamente por eso, ha ganado peso dentro y fuera de Europa.

Sin embargo, la propia EUDA recuerda que se trata de una fotografía acotada, levantada a partir de muestras compuestas de 24 horas durante una sola semana y atravesada además por variables como el tamaño de la población y el comportamiento del biomarcador en aguas servidas, entre otros. Conviene leer, entonces, estos datos como indicadores comparables y no como una verdad definitiva sobre lo que ocurre en cada ciudad.

A ese hallazgo se suma otra señal reciente que vuelve más denso el panorama en algunas ciudades chilenas. El estudio Biobio Sentinel, publicado en 2026 en Journal of Hazardous Materials, siguió durante dos años el rastro de cocaína, cannabis y ketamina en 33 plantas de tratamiento de la Región del Biobío y reportó un aumento superior al 1000 % en los indicadores asociados a cocaína.  Si bien no habla del mismo territorio ni propone un ranking equivalente, sí deja ver que las aguas residuales están dibujando un mapa del consumo que no siempre coincide con el debate público ni con los sistemas de monitoreo.

Lo que vuelve relevante el caso de esta ciudad chilena no es solo el golpe noticioso local, sino la discusión que abre. Cuando el consumo deja huellas, ya no basta con mirar el fenómeno solo desde las posibles estrategias punitivas. Por eso, conviene preguntarse si esta evidencia servirá para pensar políticas de salud pública y reducción de daños, o si quedará solo como otro dato más.

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