La revisión sistemática y metaanálisis, disponible en The American Journal of Geriatric Psychiatry, reunió ensayos sobre cannabinoides para tratar la agitación y otros síntomas neuropsiquiátricos asociados a la enfermedad de Alzheimer. La búsqueda bibliográfica cubrió PubMed, Embase y Cochrane hasta abril de 2025.
Los autores identificaron siete estudios, seis de ellos ensayos aleatorizados controlados con placebo y uno de seguimiento abierto, con 221 participantes inscritos. Los análisis principales de eficacia se limitaron a las comparaciones aleatorizadas y combinaron entre tres y cuatro ensayos por resultado. En esas comparaciones, las terapias basadas en cannabinoides se asociaron con puntuaciones menores de agitación y síntomas neuropsiquiátricos en escalas clínicas utilizadas habitualmente.
Un análisis estimó una probabilidad superior al 95 % de que los resultados favorecieran a los cannabinoides. Ese porcentaje, sin embargo, no indica que el tratamiento vaya a funcionar en el 95 % de las personas: expresa la dirección estadística del efecto. Además, el trabajo reunió formulaciones, dosis e instrumentos de medición diferentes, lo que impide atribuir el resultado a THC, CBD, dronabinol, nabilona o un extracto concreto.
La revisión tampoco encontró evidencia consistente de una mejoría cognitiva. Ese resultado obliga a separar dos preguntas distintas: reducir un síntoma como la agitación no equivale a frenar el deterioro causado por la enfermedad. Cáñamo ya informó sobre un ensayo con microdosis de THC y CBD que exploró la cognición en alzhéimer, pero sus autores también reclamaron estudios mayores y más prolongados.
La principal señal de seguridad fue la somnolencia. Las personas que recibieron cannabinoides presentaron más del doble de riesgo que quienes recibieron placebo, mientras que las estimaciones sobre caídas y fatiga fueron menos precisas. Esta cautela resulta especialmente relevante en una población vulnerable, aunque el uso de cannabis entre mayores de 65 años continúa aumentando en EE UU y ya existen investigaciones sobre su relación con el rendimiento cognitivo en adultos mayores.
Los resultados aportan una señal clínica que merece investigación y los propios autores piden ensayos aleatorizados más grandes, protocolos específicos para cada formulación, seguimientos más largos y una vigilancia sistemática de los efectos adversos. Por ahora, la evidencia permite observar una luz tenue sobre la agitación, pero todavía no ilumina un tratamiento establecido en este campo.