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Para que no duela el capitalismo, metanfetaminas

Para que no duela el capitalismo, metanfetaminas

Barrio Chino de Bangkok, Tailandia. Foto: REUTERS/Athit Perawongmetha.

La metanfetamina en Bangkok no circula solamente como sustancia ilícita "recreacional", sino como herramienta para sostener ritmos de trabajo extenuantes, salarios inseguros, ansiedad urbana y expectativas familiares difíciles de abandonar en un modelo económico que exige siempre estar disponible.

Detrás de muchos consumos problemáticos no hay solo una decisión individual, sino también una estructura de trabajo, desarraigo y presión social que empuja en una dirección concreta. Bangkok aparece allí como promesa de movilidad social, pero también como máquina que lo desgasta todo. En ese contexto, el crystal meth o ice entra primero como corrector del cansancio, luego como combustible emocional y finalmente como un apoyo para no detenerse.

Leída en ese marco, la metanfetamina deja de ser una droga para transformarse en una herramienta para mantener el rendimiento y, en Tailandia, esa relación entre estimulantes y trabajo no es nueva. La forma más difundida, el yaba –mezcla de metanfetamina y cafeína– ha estado históricamente asociada a oficios que exigen largas jornadas. Un estudio publicado en F1000Research sobre trabajadores agrícolas en el país señaló que el uso de estimulantes aparece vinculado a la necesidad de aumentar la productividad y, con ello, los ingresos. Al mismo tiempo, la UNODC advirtió en 2025 que Tailandia sigue siendo el principal punto de tránsito y destino de la metanfetamina traficada desde Myanmar, además del país con mayores decomisos de la región, incluido un volumen de mil millones de tabletas de yaba.

Pero este cuadro no se limita al problema del abastecimiento ni al viejo vínculo entre anfetaminas y trabajo físico. Su acierto está en mostrar que la funcionalidad de la droga también se desplaza al terreno afectivo. La soledad de la migración interna, la dificultad para reconstruir redes y la presión de “rendir” en la capital forman parte de la escena. La propia OMS, en un informe sobre salud mental y conexión social en Tailandia, advirtió que la migración interna está dejando a muchas personas sin redes de apoyo adecuadas. Ese vacío se vuelve todavía más áspero cuando se combina con el costo de vida. Un relevamiento de WIEGO en Bangkok mostró en 2023 y 2024 que trabajadores del empleo informal necesitaban más horas de trabajo para sobrevivir y, por ende, un endeudamiento persistente.

En paralelo, la respuesta estatal sigue atrapada entre el lenguaje sanitario y una voluntad de endurecer la represión contra el narcotráfico. En 2024, el gobierno tailandés redujo a una sola pastilla de anfetamina –o 20 miligramos de ice– el umbral para clasificar como dependiente a un usuario. En ese marco, una crónica de TalkingDrugs sobre una trabajadora migrante en Bangkok permite ver con nitidez un problema estructural en el que el consumo queda enlazado con la precariedad y la exigencia de rendir sin pausa.

Lo que deja esa historia no es una moraleja sobre el “peligro de las drogas”, sino una reflexión sobre el modelo urbano que vuelve  a esta sustancia funcional al modelo económico. Cuando una ciudad recompensa la disponibilidad total, castigando la pausa y convirtiendo la supervivencia en competencia, la metanfetamina deja de ser un problema de marginalidad y pasa a ser un dispositivo de adaptación al capitalismo que exige cuerpos siempre listos, incluso cuando ya no pueden más.

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