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La miel de Nepal se viraliza por sus efectos y reabre debate sanitario

La llamada “mad honey”, una miel que puede contener grayanotoxinas, presente en cierto tipo de rododendros, saltó de las laderas de Nepal a las redes tras un clip en el que el presentador norteamericano Joe Rogan la prueba en cámara.

En “The Joe Rogan Experience”, el creador de contenidos Will Sonbuchner muestra un frasco con tapa amarilla de advertencia y explica que transfirió la miel a una botella de supermercado para no tener problemas en la aduana. El video se volvió viral y disparó la curiosidad global por un producto que internet vende como “alucinógeno legal”, aunque su historia es otra.

En Nepal, esta miel también se conoce como bheer maha, “miel de acantilado” que -durante generaciones- circula como obsequio ceremonial y su uso se desarrolló junto con tradiciones comunitarias de caza en pueblos indígenas de los Himalayas. Posee un efecto alucinógeno leve debido a las grayanotoxinas que están presentes en el néctar y polen de ciertos rododendros, flor nacional de Nepal.

En 2024, según se destaca en el artículo de Lucid News, el médico Sajjad Ahmed Khan atendió en una guardia a un hombre de 60 años con mareos, desorientación y náuseas, cuya frecuencia cardíaca cayó a 40 latidos por minuto y cuya presión se desplomó. El paciente consumía medicación para hipertensión y había mezclado alcohol con este tipo de miel. Khan dice haber monitoreado “cuatro o cinco” internaciones similares en los seis meses previos.

Mientras la demanda y la exposición crece, los márgenes de seguridad siguen siendo difusos. En 2023, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) evaluó el riesgo de grayanotoxinas en “ciertas mieles” y advirtió que la exposición puede causar efectos agudos, con incertidumbre sobre la exposición crónica. En paralelo, los vendedores reconocen que la concentración de toxinas puede cambiar por estación y cantidad ingerida.

La viralización de la “mad honey” muestra cómo la cultura digital puede convertir una práctica ancestral en un mero acto de consumo, sin el contexto que la sostiene y, sobre todo, desprovista de la información que evita daños. Tal vez la pregunta no sea por qué se volvió tendencia, sino qué responsabilidad tenemos al narrar –y consumir– lo que otros pueblos han aprendido a manejar con cautela.

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