La investigación partió de una muestra nacional representativa donde 4.253 personas que completaron el filtro inicial, 554 dijeron haber usado psilocibina alguna vez. Entre quienes reportaron uso a lo largo de la vida, el 26,5% dijo que microdosificó la última vez que consumió, mientras que el 57,5% señaló que no lo hizo y el 14,6% respondió que no lo sabía o no estaba seguro. Entre quienes habían usado psilocibina durante el último año, la proporción de quienes dijeron haber microdosificado en su último consumo subió al 46,9%.
Ese salto no es menor ya que sugiere que la microdosificación no es una rareza asociada a nichos psicodélicos o a comunidades terapéuticas, sino una modalidad cada vez más integrada en los usos recientes de la sustancia. Al mismo tiempo, indica que una fracción nada despreciable de las personas usuarias no sabe con certeza si lo que hizo puede considerarse microdosis.
El estudio también indicó que frente a quienes no microdosificaron en su último consumo, quienes sí lo hicieron fueron más propensos a decir que recurrieron a la psilocibina para mejorar su salud física y, sobre todo, su salud mental, incluyendo el abordaje de trastornos por uso de sustancias. En cambio, resultaron menos propensos a vincular ese uso con la diversión o el placer. El hallazgo no demuestra beneficios clínicos, pero sí marca un desplazamiento cultural. La psilocibina aparece menos como una sustancia recreativa aislada y más como un recurso que parte de la población inscribe en lenguajes de autocuidado, bienestar y manejo del malestar.
El nuevo artículo encaja con un informe de RAND publicado en 2024 donde ya había señalado que la psilocibina encabezaba el uso de psicodélicos en adultos en Estados Unidos y que, entre quienes la habían usado en el último año, casi la mitad reportaba microdosificar en su consumo más reciente. En enero de 2026, otro reporte nacional de la misma institución estimó que alrededor de 9 millones de adultos estadounidenses habían usado psilocibina durante el año previo.
La novedad de este estudio es que nos muestra que la microdosificación ya forma parte del paisaje social de los psicodélicos en Estados Unidos y cuando una práctica se masifica antes de que existan consensos claros sobre qué es, para qué sirve y cómo se regula, el problema deja de ser sólo científico y pasa a ser social.