El film se planta contra el “relato oficial” que suele ubicar el origen en la innovación o el emprendimiento. Aquí el cannabis aparece primero como medicina comunitaria. Peron, figura del activismo LGBT+, convirtió una evidencia cotidiana –que la planta ayudaba a sobrellevar síntomas y tratamientos– en un sistema de acceso. El Buyers Club funcionó como espacio de dispensación, asesoría y cultura, con una estética abiertamente queer y un énfasis explícito en acompañar a pacientes cuando el Estado fallaba.
La tensión con las autoridades atraviesa la narración y las notas de prensa describen investigaciones policiales de gran escala y una persecución sostenida, mientras Peron empujaba un objetivo mayor, traducir la compasión en una ley conocida como Compassionate Use Act, aprobada por voto popular en California el 5 de noviembre de 1996, que el documental presenta como resultado de años de organización desde los márgenes.
Más que una biografía, Join the Club combina archivo, animación y entrevistas a Peron registradas poco antes de su muerte en 2018. Andersen también subraya su vínculo personal con el activista y su paso por la cultura de clubes posteriores a 1996. En paralelo, el recorrido por festivales ubica el proyecto en un circuito queer internacional. BFI Flare anunció su estreno mundial en 2024 como un documental que enlaza crisis sanitaria, resistencia y legislación.
La película incomoda porque reordena el mapa de “quiénes” hicieron posible el cannabis legal, desplazando el foco del inversor al paciente, del lobby al cuidado, del branding al riesgo real y deja una pregunta incómoda con respecto a que si el cannabis nació como acto de cuidado y rebeldía queer, ¿qué se pierde cuando esa historia se reduce a una etiqueta en un envase?