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El trastorno por uso de opioides se asocia a más riesgo de demencia

Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Oxford asocia el trastorno por uso de opioides con un mayor riesgo de demencia. La investigación, publicada en Alzheimer’s & Dementia, analizó registros sanitarios de veteranos de EE UU y combinó esos datos con herramientas genéticas para explorar si ese vínculo podría responder a una relación causal.

El trabajo encontró que las personas con diagnóstico de trastorno por uso de opioides tuvieron un riesgo 56 % mayor de desarrollar demencia durante un seguimiento de hasta nueve años. El análisis se apoyó en más de 220.000 registros del Million Veteran Program, una gran base de datos sanitaria de EE UU, y comparó a quienes tenían ese diagnóstico con quienes no lo presentaban.

Conviene precisar que el estudio no se refiere a cualquier uso ocasional o médico de analgésicos opioides, sino a personas con un trastorno por uso de opioides ya identificado. Dentro de la cohorte principal, 9.399 participantes tenían ese diagnóstico, con una edad media de 58 años. Además, la muestra estaba compuesta mayoritariamente por hombres, por lo que los resultados deben leerse con cautela antes de extrapolarlos sin matices al conjunto de la población.

Según el artículo, la asociación apareció no solo con la demencia en general, sino también con enfermedad de Alzheimer y demencia vascular. A eso se sumó un análisis de aleatorización mendeliana, una herramienta que usa datos genéticos para explorar posibles relaciones causales. Ese cruce de métodos reforzó la hipótesis de que el trastorno por uso de opioides podría contribuir al riesgo de deterioro cognitivo, aunque los autores insisten en que los mecanismos biológicos todavía no están del todo claros.

Para el debate sobre opioides naturales, sintéticos y semisintéticos, el hallazgo amplía el foco más allá de las sobredosis. Oxford menciona varias hipótesis, entre ellas menor oxigenación cerebral, infecciones, presión arterial baja o problemas vasculares. En paralelo, también advierte que algunos cuadros cognitivos pudieron quedar subdetectados si sus síntomas fueron confundidos con efectos del consumo o con otras condiciones de salud.

Leído desde una perspectiva de salud pública, el estudio no debería servir para reforzar estigmas, sino para insistir en prevención, seguimiento clínico y continuidad de cuidados. En un escenario donde Cáñamo ya ha abordado alertas sobre fentanilo y adulterantes y sobre el papel de la metadona tras la prisión, la nueva evidencia sugiere que la reducción de daños también pasa por atender efectos menos inmediatos, pero igualmente graves.

El estudio no cierra el debate, pero sí obliga a mirarlo de otra manera. Si los opioides se discuten solo en clave de urgencia y sobredosis, quedan fuera posibles daños más lentos y menos visibles, que también exigen respuestas sanitarias y sociales sin castigo ni abandono.

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