En una época saturada de pantallas, simulaciones y lenguajes computacionales, la posibilidad de que la realidad esconda un “código” visible no necesita demasiada ayuda para circular. Su fuerza procede en la promesa de poder mirar detrás del decorado y encontrar una señal donde otros solo verían una alucinación. Goler ha presentado la experiencia como algo replicable y, alrededor de esa convicción, se ha formado una comunidad de personas que aseguran haber visto una escritura externa al propio viaje.
Ahí se abre el punto más delicado del asunto, porque la repetición de una vivencia, incluso cuando resulta intensa y compartida, no basta para convertirla en prueba. En enero de 2025, Goler publicó en IPI Letters un texto sobre el llamado “Code of Reality Protocol”, donde describe observaciones de estructuras geométricas y símbolos en estados inducidos por DMT, la N,N-dimetiltriptamina. La dificultad es que el documento está firmado por el propio promotor del fenómeno y no termina de resolver cómo se puede distinguir un patrón externo de una percepción modelada por expectativas previas, instrucciones, entorno y lenguaje compartido.
Lo que sí respalda la investigación disponible sobre DMT es la capacidad de esta sustancia para producir estados alterados de conciencia intensos, de aparición rápida y con una enorme carga subjetiva. Un estudio publicado en Scientific Reports observó, en un contexto controlado con DMT intravenoso, cambios en la actividad cerebral que acompañaban la intensidad de la experiencia. Ese tipo de evidencia permite comprender mejor los correlatos neurobiológicos de los estados alterados de conciencia, pero no autoriza a concluir que el contenido visto durante esos estados exista fuera de la mente.
Por su parte, el reciente reportaje de DoubleBlind se mueve con cautela destacando que neurocientíficos y especialistas consultados coinciden en que la sugestión, los patrones de interferencia del láser, la atención sostenida y las diferencias individuales en la imaginación visual pueden influir en lo que cada persona cree estar viendo. Mientras algunos participantes hablan de símbolos, otros solo perciben luz y esa diferencia impide convertir una vivencia psicodélica en una afirmación universal sobre la estructura del universo.
El caso del “código de realidad” no demuestra que vivamos en una simulación, pero sí muestra la necesidad de distinguir entre tomar en serio una experiencia y aceptarla como prueba. Cuando se aborda el uso de psicodélicos desde una mirada más integral, el respeto por los relatos subjetivos no debe sustituir nunca la verificación científica.