Firmado por investigadoras e investigadores de la Universidad de Michigan, la Medical University of South Carolina y la Universidad de Sídney, el artículo siguió el rendimiento cognitivo de chicas y chicos en torno a los 10, 12 y 14 años dentro del estudio ABCD. La observación se centró en las áreas relacionadas con la atención, la lectura, la velocidad de procesamiento, la memoria y el vocabulario y, en una primera lectura de los datos, la exposición prenatal al cannabis parecía asociarse con puntajes más bajos. Sin embargo, esa relación perdía consistencia cuando el análisis incorporaba variables como los ingresos del hogar, el nivel educativo parental, la raza, el peso al nacer o el historial familiar de problemas con sustancias.
Lo que asoma entonces no es una absolución del consumo durante el embarazo, sino hasta qué punto los efectos que suelen atribuirse de forma directa al cannabis están también atravesados por desigualdades sociales previas y por condiciones de vida que influyen de manera decisiva en el desarrollo infantil. Leído así, el estudio desplaza la idea de una causalidad aislada y obliga a mirar la gestación como un proceso inscrito en contextos familiares, económicos y sanitarios mucho más amplios.
Conviene detenerse en esto, porque el debate público sobre cannabis y embarazo suele oscilar entre dos simplificaciones opuestas. Por un lado, está el alarmismo que convierte cualquier exposición en una condena y, por otro, la reacción que toma un hallazgo puntual como si bastara para certificar seguridad. En este contexto, el trabajo no respalda ninguna de las dos posturas y sus autores precisan que los resultados se refieren a consumos bajos y advierten que no deben extrapolarse ni a consumos intensivos ni a productos actuales de mayor potencia.
Sin embargo, la literatura disponible no se limita a la cognición evaluada mediante estas pruebas y estudios previos con datos del mismo programa ABCD, así como otras cohortes, han vinculado la exposición prenatal al cannabis con mayores problemas de salud mental y con indicadores de psicopatología en la infancia y la adolescencia. A eso se suman revisiones y metaanálisis recientes que siguen encontrando asociaciones con bajo peso al nacer, parto prematuro y otros desenlaces perinatales adversos. De ahí que instituciones norteamericanas como el American College of Obstetricians and Gynecologists mantengan la recomendación de evitar el cannabis durante el embarazo.
Quizá lo más útil de este trabajo sea el tipo de duda que deja planteada ya que, al parecer, cuando se examinan fenómenos como el consumo durante el embarazo, la tentación de atribuirlo todo a una sola causa suele borrar el peso del entorno, de la pobreza, del estrés y de las desigualdades en el acceso a la salud.
Si bien el estudio no elimina los riesgos ni resuelve una discusión que sigue abierta, sí recuerda que una lectura seria de la evidencia exige distinguir entre los efectos de una sustancia y las condiciones sociales en las que esa sustancia aparece. Ahí, precisamente, el debate público no debería banalizar el consumo durante la gestación, pero tampoco olvidar los derechos de las madres que usan drogas ni convertir la ciencia en una coartada para estigmatizar.