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El cannabis medicinal fumado queda bajo revisión en Israel

Una comisión del Ministerio de Salud de ese país propone una transición hacia aceites, extractos e inhaladores y así poder integrar la planta en la medicina sin borrar la experiencia de quienes ya la usan para aliviar sus síntomas.

La comisión encabezada por el Dr. Gilad Bodenheimer, responsable del área de salud mental del Ministerio de Salud israelí, no pone en cuestión la utilidad terapéutica de la planta, sino el lugar que ocupa el cogollo fumado dentro de un tratamiento médico que pretende medir dosis, registrar efectos y sostener un seguimiento clínico más estrecho.

Parte de esa inquietud se explica por el crecimiento del programa de cannabis medicinal, que pasó de unas 33.000 licencias a cerca de 140.000. A ese aumento se suma una presencia importante de pacientes menores de 45 años y un consumo extendido de productos con alto contenido de THC. Según los datos citados por la comisión, cerca del 87% de los pacientes utiliza flor mediante combustión, una vía que domina también en indicaciones como dolor o trastorno de estrés postraumático.

Aunque para muchos pacientes fumar ofrece una respuesta conocida, rápida y ajustable a la propia experiencia corporal, los reguladores señalan que la combustión añade riesgos y dificulta una dosificación comparable a la de otros tratamientos. La discusión, por tanto, no se reduce a sustituir un producto por otro: enfrenta el saber acumulado por los usuarios con las exigencias de una medicina más estandarizada.

Sin plantear un corte inmediato, la comisión propone una transición gradual durante tres años para orientar los nuevos tratamientos hacia aceites, extractos o inhaladores de dosificación precisa. Quienes ya utilizan el cannabis fumado de esta forma podrían mantenerlo durante un periodo intermedio bajo evaluación médica, con excepciones previstas para mayores de 75 años o personas con enfermedades terminales.

En paralelo, la reforma busca integrar el cannabis en el sistema ordinario de salud, de modo que el tratamiento pase progresivamente a las aseguradoras, quede incorporado a la historia clínica y dependa de renovaciones presenciales. Así, el cannabis dejaría de operar como un circuito separado de licencias para acercarse al modelo habitual de prescripción y revisión médica.

Más allá de Israel, la discusión interpela a todos los programas médicos que crecieron apoyados en la flor, una forma de uso arraigada que cuesta encajar en el lenguaje farmacológico clásico. Regularla implica decidir cuánto espacio se concede a la experiencia de los pacientes y cuánto se exige de control, trazabilidad y estandarización.

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