La literatura más sólida sobre alcohol y sueño obliga a desmontar la idea confusa de que dormirse antes significa necesariamente descansar mejor. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Sleep Medicine Reviews en 2025 encontró que el alcohol retrasa el inicio del sueño REM y reduce su duración, con alteraciones detectables incluso en dosis bajas, equivalentes a alrededor de dos tragos estándar. El mismo trabajo observó que la reducción del tiempo para conciliar el sueño aparece sobre todo con dosis altas, de modo que la sensación inicial de “sedación” suele pagarse después con un descanso de peor calidad.
El estado REM interviene en procesos de regulación emocional y consolidación de memoria, de modo que, cuando el alcohol lo comprime o lo desplaza, el cuerpo no obtiene necesariamente el descanso que aparenta. Las guías del National Heart, Lung, and Blood Institute de EE UU resumen esa paradoja destacando que el alcohol puede facilitar el inicio del sueño, pero vuelve el descanso más ligero y aumenta la probabilidad de despertarse durante la noche.
Con el cannabis el panorama es menos lineal. Otro metaanálisis publicado en Sleep Medicine Reviews en 2025 concluyó que la administración de cannabis no modifica de forma consistente la duración del sueño, el tiempo para dormirse, la eficiencia ni la estructura de las fases. Las señales más claras aparecen en algunos estudios pequeños y con dosis altas de THC que apuntan a una reducción del REM, pero los trabajos más recientes ofrecen resultados mixtos. Además, la retirada tras un uso activo sí se asocia de manera constante con trasto
Un estudio de 2024 en Journal of Clinical Sleep Medicine, basado en 177 personas adultas sanas, no encontró mejoras objetivas en tiempo total de sueño ni en eficiencia cuando el cannabis se usaba cerca de la hora de dormir; sí observó más despertares tras el inicio del sueño y más sueño superficial en usuarias y usuarios frecuentes. En ese sentido, la idea de que la marihuana no ayuda al sueño de los consumidores regulares encuentra aquí un respaldo adicional, aunque no cierre del todo la discusión. Frente al alcohol, el cannabis puede parecer menos agresivo en algunos escenarios agudos, pero eso no basta para convertirlo en una herramienta estable para dormir mejor.
Más que preguntarse qué sustancia “gana”, la comparación obliga a mirar qué tipo de riesgo se normaliza cuando el sueño pasa a tratarse como algo que puede tercerizarse en un vaso o en una calada. La evidencia disponible inclina la balanza en contra del alcohol por su impacto más consistente sobre la arquitectura del sueño, pero también deja claro que el cannabis sigue siendo un recurso de efectos inciertos, dependiente de la dosis, del contexto y del patrón de uso. Visto desde una perspectiva de salud pública, el problema no es solo qué sustancia se consume, sino por qué tanta gente termina buscándola para hacer algo tan básico como dormir.