Coincidencias entre Colombia y Afganistán

Programa Drogas y Democracia – Transnational Institute, Amsterdam

En Colombia hay regiones en donde los cocaleros pagan sus compras en las tiendas del pueblo directamente con gramos de pasta base de cocaína

Mucho se ha dicho y se ha elaborado sobre las semejanzas de los dos países del mundo más emblemáticos en materia de drogas y conflicto, Colombia y Afganistán. Ambos países son actores clave en el comercio de drogas ilegales, siendo de hecho los mayores productores y exportadores de drogas ilícitas fabricadas a partir de cultivos de hoja de coca y adormidera de opio, respectivamente. En ambos tiene lugar un conflicto armado violento -que se financia en parte con el negocio de las drogas- en el que están involucradas fuerzas extranjeras.

Pero, además, en el marco de la economía de la droga que se mueve en estos dos países, geográfica y culturalmente tan distantes y distintos, se presentan otros puntos de coincidencia menos visibles a la percepción general. Se trata del papel que cumple la droga como impulsora de las microeconomías locales. En ambos países, la coca y el opio son los únicos productos de valor con que cuentan los campesinos. En Afganistán el opio sirve como fuente de crédito informal, lo que permite al cultivador adquirir en los comercios bienes de consumo ya desde antes de la cosecha. En Colombia hay regiones en donde los cocaleros pagan sus compras en las tiendas del pueblo directamente con pasta base de cocaína.

Según un reportaje reciente en la prensa colombiana, en muchas zonas del departamento de Caquetá, una extensa provincia del suroriente del país, el dinero no se usa como medio de pago. Los campesinos no pagan con plata –porque no tienen– los productos que adquieren en las tiendas. En vez de caja registradora, los tenderos tienen una balanza eléctrica digital para que se pueda registrar hasta la mínima décima de gramo de pasta base de cocaína. Según el reportaje, un helado cuesta medio gramo de pasta base, una cerveza un gramo, un almuerzo tres gramos, una partida de billar tres gramos. Una noche en un hotel (porque se hizo tarde y el campesino no tuvo tiempo de volver a su sitio) tres gramos y medio. Un gramo equivale a 2.000 pesos colombianos, 70 centavos de euro.

Este regreso al sistema de trueque vincula al campesino caqueteño a la pequeña economía local de una manera comparable a como el cultivador afgano tiene acceso a los bienes de consumo que necesita. En ambos casos, la operación representa también el primer paso, y el más barato, de la cadena del negocio. Los tres gramos de pasta base adquiridos por el comerciante a cambio de una partida de billar se revalorizarán considerablemente en el momento en que pasen a las siguientes manos, las del intermediario que se los compra al comerciante en cuestión.

Una de las zonas del Caquetá en la que opera esta forma premoderna de economía es la del Caguán, que hace unos años se hizo muy famosa internacionalmente porque allí se desarrollaron, entre 1999 y 2002, las conversaciones de paz entre el Gobierno del entonces presidente Pastrana y la guerrilla de las FARC. El Caguán era la llamada “zona de distensión” de la que se decía que tenía un área tan grande como Suiza. Con el fracaso de los diálogos y la posterior ocupación militar de la región, al principio el Gobierno trató de impulsar otras formas de producción, pero los programas alternativos fueron insuficientes, con lo que al poco la coca volvió a resurgir. No hay un solo producto agrícola en la región que represente en ingresos lo que representa la coca para los campesinos; de hecho es la única fuente de empleo segura en la región. Lo mismo que sucede en Afganistán con el opio.

Y finalmente, un asunto clave en el que Colombia y Afganistán parecen almas gemelas es en el fracaso al que han llevado las políticas antinarcóticos aplicadas en ambos países, basadas en la práctica de la erradicación. Para acentuar aún más el parecido, y ante el innegable incremento de las áreas cultivadas en Afganistán en 2006, Washington propuso que se copiara el modelo colombiano considerado por ellos como “exitoso”. No se entiende cómo se puede llamar éxito al hecho de que en 2005 los cultivos de coca colombianos crecieran un 26%, según el propio gobierno estadounidense. Por ahora el gobierno afgano logró detener la introduccion del glifosato para fumigar la adormidera, pero el ex embajador estadounidense en Bogotá es ahora el embajador en Kabul, y hay oficiales de las fuerzas armadas colombianas con amplia experiencia en el combate al “narcoterrorismo” entrenando a tropas afganas para que enfrenten el opio y a los talibanes del mismo modo como hacen en casa contra la coca y las FARC.

Amira Armenta

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