Crack en Brasil
El primer gran mercado del crack apareció en São Paulo a fines de los años ochenta y se fue expandiendo durante los años noventa, alcanzando su apogeo a mediados de esta década. Posteriormente el crack se extendió a otras zonas de Brasil, especialmente entre los jóvenes de renta baja en zonas urbanas. Recife, Salvador, Curitíba, Belo Horizonte, Fortaleza y Porto Alegre tienen graves problemas con el crack. En Brasília, la capital, en el centro oeste del país, se ha hecho muy popular una variante del crack que se denomina merla.
Las circunstancias locales, más la disponibilidad de precursores y los conocimientos sobre el proceso de producción, parecen influir en la forma en que se producen las diversas variantes de crack en Brasil. A diferencia del crack que se produce en Estados Unidos y Europa, el crack brasileño parece fabricarse a partir de pasta base de cocaína en vez de a partir del clorhidrato de cocaína (cocaína pura en polvo). Lo que hace de ésta una droga más barata, un factor importante en un país en desarrollo con muchos usuarios pobres.
Obtener crack a partir de la pasta base de cocaína es problemático por que, a diferencia de la cocaína pura, la pasta base de cocaína no se puede disolver en agua fácilmente. Para ello se necesita un ácido o etanol, acetona o éter dietílico. Al parecer, los productores de crack en São Paulo, resuelven el problema cocinando en seco una mezcla de pasta base de cocaína y bicarbonato de sodio. Este proceso se realiza en un pequeño laboratorio o cozinha, y el resultado son las ‘piedras’ que se forman debido al vapor y las cenizas que se generan en el procedimiento. El crack brasileño se fabrica a partir de pasta de cocaína importada de Bolivia y Paraguay. En São Paulo, el mercado no ha sido capaz de atraer nuevos usuarios, principalmente debido a los efectos secundarios negativos asociados al consumo de crack. Los precios han disminuido, pasando de 10 reales brasileños a 2 ó 3 reales. El consumo de crack puro entre niños de la calle ha ido reduciéndose a favor de su consumo fumado con marihuana, conocido como mesclado, supuestamente menos adictivo. Sin embargo, aún es muy visible en una zona del centro de São Paulo, que recibe el sobrenombre de Cracolândia.
En julio de 2005, el ministerio de Sanidad Pública emitió un decreto que formalizaba las políticas de reducción de daños en Brasil, país en el que, la mayoría de las regiones, ya habían adoptado estrategias en esta línea en 1993-94. En un principio, se pusieron en marcha programas de intercambio de jeringuillas entre usuarios de cocaína por vía intravenosa. Sin embargo, la inyección de cocaína se vio desplazada por la expansión del crack.
Las estrategias de reducción del daño en el caso del crack, deberían ser distintas. Cuando comparten pipas, cachimbos –parte del ritual de este tipo de consumo–, los usuarios de crack pueden hacerse heridas en los labios y las encías, y son entonces susceptibles de contraer afecciones como herpes, tuberculosis, hepatitis y VIH/SIDA.
El consumo de crack también suele conllevar un comportamiento sexual de riesgo, ya sea a cambio de droga o como medio de ganar algo de dinero para comprarla. Los trabajadores de la reducción del daño ofrecen condones, pipas, boquillas, pañuelos, vaselina y bálsamo de labios para contrarrestar infecciones y enfermedades de transmisión sexual, así como información sobre cómo evitar hábitos de riesgo en el consumo de crack.
Con el nuevo decreto, la reducción del daño ha quedado formalizada y reconocida, además de que cuenta con un cierto grado de apoyo económico. El decreto no basa sus estrategias en la abstinencia, y eso abre la posibilidad de poner en marcha salas de consumo con supervisión médica y tratamientos de sustitución. De hecho, las salas de consumo formaban parte de las medidas propuestas en el decreto, pero, tras dos años de negociaciones intergubernamentales y mucho debate, fueron eliminadas a causa de la resistencia de la Secretaria Nacional Antidrogas (Senad), que está más orientada hacia la penalización y represión.
No obstante, se espera que se experimente con salas de consumo, así como con la introducción de tratamientos de sustitución con marihuana para usuarios de crack que se basarían en iniciativas de los propios consumidores, que empezaron a usar cannabis en un intento por aliviar los síntomas del síndrome de abstinencia. Estas estrategias, combinadas con proyectos sociales entre los sin techo, podrían ayudar a reducir la elevada tasa de mortalidad entre los usuarios de crack por la violencia asociada al consumo y al tráfico.
Tom Blickman






