¿Fin de la tolerancia en Holanda?

El porcentaje de menores que consume cannabis en municipios sin coffee shop es tan alto

¿Tienen sus días contados los coffee shops? Esta es la impresión si creemos las noticias que en las últimas semanas aparecen en la prensa holandesa. Desde que llegó al poder el nuevo gobierno dominado por partidos cristianos, en febrero de 2007, han habido bastantes signos de que el modelo aplicado desde hace 30 años está siendo seriamente amenazado.

Los coffee shops nacieron a raíz del margen de tolerancia que abrió el Gobierno holandés en 1976, cuando despenalizó la distribución comercial de cantidades de cannabis para uso personal. La competencia para otorgar y retirar las licencias para abrir un coffee shop fue concedida entonces a las autoridades municipales. A finales de 2005 había 729 locales abiertos en 105 de los 400 municipios holandeses. La mitad de ellos funcionando en las tres grandes ciudades: Amsterdam, Rotterdam y La Haya.

Después de 30 años, el fenómeno de los coffee shops se ha integrado en la sociedad holandesa en diferentes formas. En ciudades como Amsterdam significa una importante contribución a la industria turística. Muchos locales han llegado a ser parte integrada de la oferta de vida nocturna, adaptada a públicos diferentes. Igualmente se los reconoce como lugares donde ciudadanos de diferentes orígenes étnicos y religiosos se reúnen sin problemas. Por ejemplo, fue gracias a los coffee shops –y así lo admitió la policía de Eindhoven– que los hooligans ingleses se comportaron correctamente durante el partido de Inglaterra contra Portugal celebrado en esa ciudad durante la Eurocopa de Fútbol en junio de 2000.

Sin embargo, el marco legal en el que operan los coffee shops es muy restringido y poco práctico. El modelo despenaliza la posesión y venta de un máximo de 5 gramos de cannabis por persona, pero penaliza la posesión de más de 500 gramos en el local (o en cualquier lugar) y también el cultivo de más de 5 plantas. Significa que, si quiere cumplir la ley, el dueño de un coffee shop que vende 5 kilos de cannabis por día (los hay que venden hasta 12) necesita aprovisionarse por lo menos 10 veces al día comprando a diversos cultivadores que no pueden tener más de 5 plantas cada uno.

A los coffee shops no les está permitido vender a menores de 18 años. Una infracción a esta regla puede llevar a la clausura definitiva del establecimiento. Sin embargo, es responsabilidad del dueño asegurarse de que el cliente sea mayor de edad. Después de algunos incidentes con jóvenes que emplearon el pasaporte de otros para entrar, este verano los coffee shops de Maastricht (en la frontera con Bélgica y Alemania) utilizarán un sistema para escanear la huella digital de sus clientes. Los datos se combinarán con la fecha de nacimiento que figura en el pasaporte o carnet de identidad y se archivarán en el mismo coffee shop.

“No es algo que haremos con gusto, sino con vergüenza”, dice Marc Josemans, presidente de la Asociación Oficial de Coffee Shops de Maastricht. “Posiblemente perderemos clientes por eso, pero las autoridades nos amenazan con sanciones tan fuertes que no tenemos ninguna otra opción”.

Al instalarse en febrero, en su afán por asegurar que los colegios sean un “área libre de drogas”, el nuevo Gobierno holandés hizo saber su intención de cerrar todos los coffee shops situados en torno a 250 metros de un colegio. La medida fue directamente criticada por personas que siguen de cerca la problemática de las drogas, como August de Loor, del Adviesburo Drugs en Amsterdam: “Estos argumentos hacen ver que la medida no está basada en hechos sino en consideraciones políticas. El porcentaje de menores que consume cannabis en municipios sin coffee shop es tan alto como en donde sí los hay. Además, a nivel nacional, este porcentaje es menos que en otros países europeos donde no existen los coffee shops”.

Pero para el alcalde de Rotterdam, Ivo Opstelten, fue suficiente esta declaración de intenciones del Gobierno para anunciar el 31 de mayo su decisión de cerrar 27 de los 62 coffee shops de su ciudad porque están dentro del margen de 250 metros. Si se ampliara esa norma a la cercanía de escuelas básicas, se habrían de cerrar otros 60 coffee shops también en Rotterdam. Todavía no es seguro que el consejo municipal apruebe la decisión, pero parece inevitable que haya una reducción del número de locales en Rotterdam y en el resto de Holanda.

Es interesante saber qué pasará después. Si se reduce el número de coffee shops, los que permanezcan abiertos deberán comercializar mayores cantidades, lo que incrementará aún más para el dueño el dilema antes mencionado. Al desaparecer la mitad de los coffee shops, que es lo que pretende lograr el nuevo gobierno, el que vende 5 kilos hoy tendrá que vender 10 kilos mañana, sin que se le permita tener más de 500 gramos almacenados.

Uno de los mayores coffee shops de Holanda, Checkpoint, en Terneuzen, a 10 kilómetros de la frontera belga, ya se ha enfrentado a la respuesta de la justicia holandesa a este problema. En una acción policial, realizada el pasado 1 de junio, se incautaron 92 kilos de cannabis en una casa próxima al coffee shop. La explicación del dueño fue lógica: con 2.500 clientes al día, esa cantidad apenas cubriría lo que se necesita para una semana de ventas. Sin embargo, según las autoridades, esa cantidad entra en la categoría de tráfico a gran escala, y se puede temer por el futuro de Checkpoint.

La acción policial cayó justo en el momento en que la municipalidad de Terneuzen anunció su decisión de relocalizar los dos únicos coffee shops existentes en la ciudad, a fin de mejor controlar el tránsito generado por el turismo desde Bélgica y Francia. Si Checkpoint debe cerrar, solamente habría que relocalizar un coffee shop para cerca de 5.000 clientes diarios. De ser así no habrá que esperar demasiado tiempo para que aparezcan nuevamente los vendedores callejeros y aumenten los problemas que parecían solucionados hace 30 años.

Joep Oomen

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