Camino de Viena

Nada menos que la reputación moral del mundo occidental estará en juego en la reunión de la Comisión de Estupefacientes de la ONU, en marzo de 2008, en Viena, Austria. Será la próxima oportunidad para reparar el trágico error de hace 47 años, cuando los Estados Unidos y otros Gobiernos occidentales utilizaron su posición dominante en el mundo para establecer una Convención de la ONU que criminaliza la cultura global del cannabis, la coca y el opio, entre otras sustancias.

En 1961, este error era todavía comprensible. Aún no estaba muy generalizado el conocimiento sobre la historia humana, en la que el uso de estas tres plantas había jugado un papel crucial durante miles de años. Todavía se podía convencer fácilmente a la gente de que estas plantas debían ser consideradas como algo peligroso y dañino.

Quien sigua creyendo en ello todavía hoy, tal como lo hace la Oficina de Drogas y Crimen de la ONU (UNODC), ha perdido su inocencia. No solamente ha sido demostrado ampliamente el valor medicinal, nutricional y terapéutico de las tres plantas; también se ha comprobado que la criminalización de estos cultivos sólo está aportando efectos contraproducentes.

El pasado 2 de septiembre, Antonio María Costa, director ejecutivo de UNODC, tuvo que admitir que este año Afganistán producirá un 30% más del opio que se necesita para satisfacer la demanda global de heroína estimada por la ONU.

Frustrado por este resultado, Costa acusó a todos los demás: al Gobierno afgano por no hacer lo suficiente para detener a los señores de las drogas; y a ciertos Gobiernos por no hacer lo suficiente para reducir la demanda de heroína entre sus ciudadanos. En realidad, la propia estrategia de erradicación de la ONU es la que, unida a la invasión occidental de Afganistán en 2001, no ha dejado ninguna otra opción a los campesinos afganos que producir opio para el mercado negro.

En Bolivia, en principio, el Gobierno ya no practica la erradicación forzosa de cocales. Poner fin al círculo vicioso de enfrentamientos violentos entre los productores de coca y el Gobierno ha sido el principal motivo para entrar en política del sindicalista cocalero Evo Morales. Ya siendo presidente, Morales prefiere colaborar con sus anteriores colegas en un programa destinado a limitar el cultivo de coca a 20.000 hectáreas. Téngase en cuenta que el volumen total de producción de hoja de coca en Bolivia se estima en 27.000 hectáreas, lo que es poco comparado con Perú (50.000) y Colombia (80.000).

El Gobierno de EE UU ya ha expresado sus “muy serias objeciones” contra esta política. Si Bolivia no se compromete a erradicar según instruye la “comunidad internacional”, podría ser descertificada y perder los 80 millones de euros del apoyo presidencial de Washington. Así que Morales debe ganar tiempo. Al pronunciar su discurso en la Asamblea General de la ONU el pasado 18 de septiembre, una vez más explicó la diferencia entre coca y cocaína. Los Gobiernos europeos, desde luego, no pueden negar que no conocían ya esta diferencia.

En Holanda, la guerra contra el cultivo de cannabis también obtiene dimensiones absurdas. En el país cannábico por excelencia, muchos pequeños cultivadores han abandonado su actividad por temor a la Policía. Esto ha hecho crecer el número de cultivadores a gran escala, muchos de ellos con una trayectoria criminal. Entre otros efectos, ha disminuido la calidad e incrementado el precio de la hierba vendida en los coffee shops. Treinta años después de la aplicación de la política tolerante que facilitó el fenómeno de los coffee shops, el actual Gobierno holandés no deja otra opción al consumidor que organizar su propio suministro.

Durante los días 6 y 7 de noviembre, la conferencia en el Parlamento Europeo de Bruselas, coorganizada por ENCOD, estará enviando una señal a los Gobiernos europeos sobre la reunión de Viena. Junto con políticos y autoridades locales, que han aprendido a tratar el tema de las drogas de manera responsable, representantes de la sociedad civil presentarán iniciativas audaces y no conformistas para llevar a cabo políticas de drogas sensatas.

La reunión de Viena también será un punto en la agenda para el diálogo sobre la política de drogas entre la sociedad civil y las autoridades de la UE que, si la Comisión Europea mantiene sus promesas, empezará en 2007. En Pimienta Verde, que es la respuesta de ENCOD al Libro Verde publicado en junio de 2006 por la Comisión sobre este tema, se deja bien claro que ningún diálogo sobre las drogas puede soslayar el tema de las Convenciones de la ONU. Quizás ENCOD se beneficie de al menos una pequeña parte del presupuesto disponible para este diálogo. El monto total de este presupuesto todavía no se conoce. Hemos pedido a los Estados miembros del Parlamento Europeo que establezcan un presupuesto claro y con un monto definitivo de un millón de euros para el primer año de este diálogo. La decisión final probablemente se tome durante este mes de noviembre.

Hasta ahora ENCOD, para sobrevivir, se viene sustentando con el apoyo de todos sus miembros. Para el ejercicio de 2006, casi hemos logrado obtener el monto mínimo necesario anual. Pero para el futuro parece inevitable emplear estrategias comerciales con que financiar este trabajo. Esto nos daría la posibilidad de construir el camino a Viena para que, ojalá, en marzo de 2008, muchos miles de ciudadanos europeos puedan estar allí expresando su opinión sobre las actuales políticas de drogas de la ONU.

Joep Oomen

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